RESIDENCIAS PARA ARTISTAS

CLASES DE ILUSTRACIÓN Y DIBUJO

Dibujar es una de las actividades que de niños realizamos con más naturalidad. Los adultos ven a un chico aburrido y le preguntan enseguida “¿quieres dibujar?”, seguros de que él responderá “sí”.
Es cuando crecen que los niños “aprenden” que uno debe “dibujar bien”, y este maravilloso procedimiento de autoconocimiento y goce se interrumpe. Sólo unos pocos afortunados continúan dibujando en la adolescencia sin miedo a cometer errores, y qué decir de la adultez... “es cosa de artistas”, se escucha, o peor: “cosa de gente rara”...
Lo que a mí me impresiona de la relación del dibujo con los niños es cuán estrecho está ligada esta actividad con su sentimiento de autoestima. Las clases de dibujo son para mí entonces una oportunidad de reconectar a los niños con su propio mundo fantástico, o mejor, con su propia facultad de imaginar, a veces dañada por ese sentimiento de “no soy lo suficientemente bueno”.
Mi lema para ellos es: “no debe estar bien, debe sorprenderte”.
Cuando sienten que su fantasía se valora, sus capacidades se multiplican, y para eso diseñé este taller: trabajamos con herramientas fáciles que ayudan a liberar la creatividad: líneas y puntos, formas y entramados primero; luego yuxtaposición de formas de contextos completamente alejados; luego dibujar a partir de estímulos externos.
Nuestras clases siempre comenzaron adentro de un aula, con un pequeño ejemplo y un trabajo de internalización. Una vez que la idea o procedimiento estaban aprendidos, nos trasladamos al afuera, recorrimos el pueblo y buscamos en el mundo de los chicos -en los lugares turísticos que ellos supuestamente conocen “de memoria”- una fuente de renovación y creatividad.
Una palmera se convirtió en un monstruo peludo, un hombre tenía ojos de caracol, el fuego y el agua se enfrentaron en forma humanos y crearon vapor, un árbol bailó en el cielo...
— MIJAL